Robin Hood y los intereses moratorios tributarios

Escrito por:
Raffo Velásquez
rvelasquez@rvmlegal.com
El autor analiza la reciente STC Exp. Nº 02051-2016-PA/TC, en la cual el Tribunal Constitucional declaró inconstitucional el cobro de intereses moratorios que se generen a partir de la tardanza de la misma autoridad tributaria en resolver algún recurso administrativo interpuesto por los contribuyentes. En tal sentido, se aborda la línea jurisprudencial del Alto Tribunal sobre la materia y destaca los cambios llevados a cabo en los últimos años. Asimismo, el autor manifiesta su posición en torno a la evaluación del plazo razonable que involucra elementos como la complejidad del caso, la conducta del contribuyente y de la administración pública e, incluso, el nivel del gravamen generado.
I. INTRODUCCIÓN
En la fábula de Esopo sobre la tortuga y la liebre, el primer animal va lentísimo, pero sin parar, con el objetivo fijo en la meta. Su lentitud es una debilidad y su esfuerzo o perseverancia, una virtud. En cambio, la liebre tiene la virtud de la velocidad y la debilidad de la holgazanería. Al final de la historia, la liebre se confía tanto que no cae en cuenta que la tortuga está cerca a la meta y, a pesar de sus esfuerzos, no logra llegar antes y pierde. La moraleja es que poco vale el talento sin esfuerzo.
Pero si la tortuga trabajara en el cobro de tributos sus debilidades se volverían virtudes. Y es que su demora sería recompensada, pues mientras sea mayor, más ingresos generarían con el cobro de intereses moratorios. Su demora no es sancionada, sino recompensada. ¿Qué creen que pasará si le dicen eso a la tortuga? A su lentitud le sumará los vicios de la liebre y dejará de mirar la meta como el objetivo a alcanzar.
Eso pasa con los intereses moratorios tributarios. La Superintendencia Nacional de Administración Tributaria (Sunat) y el Poder Judicial se demoran muchos años en resolver las impugnaciones de los contribuyentes sobre cobros excesivos o indebidos de tributos, pero la demora del Estado no perjudica al Estado, sino al contribuyente. Son estos los que deben pagar intereses por la demora de otro (¿?). De modo que, por ejemplo, una deuda de 10 se transforma en una de 100.
En un primer escenario, muchos contribuyentes ni siquiera saben que el cobro de tributos es arbitrario y pagan confiando en la legitimidad del cobro. En otro escenario, quienes si conocen de la arbitrariedad son desincentivados a ejercer su derecho de impugnar. El contribuyente debe preguntarse: “¿Por qué impugnar si los intereses por la demora del Estado van a hacer que la deuda se multiplique? Mejor pago ahora, aunque el cobro sea injusto”. Esto hace que muchos descarten siquiera la vía de la impugnación.
Si bien el agravio alcanza a todos nosotros, solo los grandes contribuyentes tienen los recursos para echarse a una larga pelea judicial con el Estado sobre esos arbitrarios cobros. ¿Debemos cuestionarlos por defender eso que nosotros no podemos? Desde luego que no. El problema no es que ellos tengan recursos para defenderse y nosotros no, el problema es que ni siquiera deberíamos tener que defendernos frente al Estado que tiene el atrevimiento de cobrarnos por sus propias demoras.
A pesar de lo anterior, vemos que el Estado apuesta a una estrategia mediática y sesgada, y los medios lo acompañan. Apelan a la moralidad del cobro o, si se quiere, a la supuesta inmoralidad del
reclamo. Se ven portadas y noticias que indican que empresas mineras, de telecomunicaciones, bancos y, en fin, que grandes empresas no quieren pagar tributos. Si además esas empresas no son mediáticamente queridas, el discurso se vende fácilmente: los grandes conglomerados económicos quieren estafar al país, no quieren pagar tributos, a pesar de beneficiarse de las bondades económicas de este país de las maravillas.
El ciudadano promedio, que no es muy dado a la lectura, compra el titular y despotrica contra las supuestas fuerzas oscuras del poder económico. Sin caer en cuenta que él también es víctima de las mismas arbitrariedades del Estado.
Ante la evidente falta de sustento de esas noticias, el Estado refuerza su estrategia y enfatiza más su discurso moral: si se devuelven los intereses moratorios, entonces no habrá dinero para la reconstrucción de sur, para hacer hospitales, carreteras, para pagar a médicos, profesores, para comprar la vacuna contra la COVID-19. El Estado pretende presentarse como Robin Hood: “Déjenme quitarles a los ricos para darle a los pobres”, que en su versión más chicha sería: “Roba, pero hace obra”.
